Follow by Email

viernes, 14 de junio de 2013

A la isla en bote, o la calma bajo el último sol de otoño, Entre Ríos, Argentina

Si confieso que nunca antes había cruzado el Paraná en lancha, poca gente quizás lo hubiera creído, pero es totalmente cierto, pasaron cincuenta y tantos octubres para que me encontrara por primera vez con una geografía distante a no más de cinco kilómetros de la mesita de luz. El día elegido fue propicio, el clima fue generoso y los compañeros de aventura, dos navegados lobos de río y un nerd, máster del MIT, provocaban a priori la sensación que los momentos que se avecinaban podían ser de colección. Partimos desde la guardería con equipo como para una travesía de dos años por el Orinoco, es que siempre te parece que ante cierto aislamiento hay que estar preparado con muchos elementos que seguramente nunca vas a utilizar. Atravesamos al río marrón, acariciamos el puente a Victoria y nos perdimos entre riachos e islas cada vez mas urbanizadas.
Como saben de mi gusto por los naufragios me condujeron hasta dos, una vieja chata ganadera, reciclada y pintada en honor a Domínguez el pintor de las islas, que tiene su museo y su historia en la cercana Isla Charigüé, y otro transporte que encalló con armazones de pilotes que nunca llegaron al obrador del puente Rosario-Victoria, mientras sacaba las fotos, padre e hijo pescaban con una parafernalia propia de esos buscadores de monstruos de río y el genio había descubierto un líquido extraño, amorronado y fragante llamado Fernet, justo él que había tenido su única experiencia con la bebida a través de dos bomboncitos de licor Felfort que algún sádico alguna vez le osó convidar.
Pasado el mediodía urgía la necesidad de encontrar el lugar indicado para armar la ranchada, hecho que no deparó ningún inconveniente teniendo a dos conocedores de tan vasta y bella geografía. Una isla habitada tan solo por ganado, con buena arboleda y fácil acceso fue el lugar elegido e inmediatamente se puso en movimiento la división gastronómica, asado, mariscos, fideos chinos y vegetales salteados, navegados con buena bebida y cientos de anécdotas.
La primera mitad de la historia entre islas, alisos, recuerdos, promesas, hazañas, chorizos, langostinos, vinos de Colomé y aspirinas para el ingeniero devenido en Joe de la selva, nada hacía presumir el descontrol que marcaría el alocado camino de regreso.

2 comentarios:

  1. Una vez intenté cruzar tu río marrón, pero quedamos varados en medio de un canalcito. Como no soy para nada "amistosa" con las aguas, esa fue la primera y la última, pero para que están los amigos como vos que comparten la experiencia? Je! Buena aventura, y mejores fotos! (las tres primeras me gustaron un montón!). Abrazooo, Rodo.

    ResponderEliminar
  2. Los ríos caudalosos tampoco son mis preferidos, pero ese no fue el motivo de la negación, creo que el saber que el cruce es tan fácil, lo fue dejando siempre para otra ocasión, me pasó con Rosario, que recién me interesó para la fotografía hace un par de años, pasó con Victoria y me pasa con Capital, el único distrito nacional del cual no tengo ni una sola imagen, supongo que tendrá que ver con algo que niega lo inmediato.
    Abrazón y deseo de buena jornada en familia.

    ResponderEliminar